El invierno cae implacable sobre mí.
La ciudad cierra sus puertas temerosa.
Un abismo de oscuridad me retiene en las alturas,
aspirando el zumbido de mi ardiente tumba.
Yo, como las sumas de mis miles de yo, mis viejos yo poético, y yo analítico, ambos renovados, y mis otros yo, además del filatélico y cinéfilo de antes, en estos años se agregaron especialmente el yo milonguero, y el yo biodanzante, a los yo que siempre estuvieron y nunca aparecieron como el yo literario, el yo musicólogo, y otros yo que quizás aún no conozco.