Podría aplastar al mundo con mi puño,
podría exterminar, uno a uno,
a sus hombres sin alma.
Podría pulverizar sus leyes,
sus doctrinas, sus creencias,
y toda su filosofía.
Podría acabar con sus iglesias,
sus políticas, sus economías,
y el resto de sus patologías.
Podría exterminar de un soplo,
sus estúpidas ilusiones,
y sus patéticas vidas.
Podría acabar con ellos,
de una vez y para siempre
destruir su ausencia, su basura.
Podría, podría,
sé que podría.
Podría poner punto final,
a esa extensa muerte,
que llaman vida.
Podría arrancarles el corazón,
ponérselos frente a sus ojos,
para que vean que latía.
Podría regalarles ese cruel instante,
donde llegue a su consciencia,
el hecho de que vivían.
Podría,
se que podría.
Podría,
y si no lo hago,
no es cobardía,
Podría,
y si no lo hago,
tampoco es desidia.
Podría,
y no lo hago,
pues ¿Qué cambiaría?
Yo, como las sumas de mis miles de yo, mis viejos yo poético, y yo analítico, ambos renovados, y mis otros yo, además del filatélico y cinéfilo de antes, en estos años se agregaron especialmente el yo milonguero, y el yo biodanzante, a los yo que siempre estuvieron y nunca aparecieron como el yo literario, el yo musicólogo, y otros yo que quizás aún no conozco.
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sábado, 21 de septiembre de 2013
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Luego, no solo imagínalo, sino que también, vive en él. Yo ya estoy allí, acompáñame.
Un abrazo,
Diego
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Diego
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